martes, 22 de abril de 2014

MICHAEL RAKOWITZ (1973): THE INVISIBLE ENNEMY SHOULD NOT EXIST (EL ENEMIGO INVISIBLE NO DEBERÍA EXISTIR, 2010-2014) -O ARQUEOLOGÍA Y BASURA















Fotos: Tocho, The Museum of Contemporary Art & The Oriental Institute, Chicago, enero, abril de 2014

Los arqueólogos no solo desentierran tesoros. También buscan basura. Ésta proporciona datos tanto sobre la alimentación como sobre el tipo de vida e incluso los gustos del pasado.
Los objetos que el arqueólogo desentierra pueden haber sido abandonados voluntariamente o no. La intención es quizá lo único que diferencia la basura del tesoro -no sin que se tenga que tener presente que la basura puede ser un tesoro, o que puede contener tesoros.
Se trata, en ambos casos, de restos; fragmentos de entes desechados o no, pero que salen a la luz habiendo perdido su unidad, su entereza. En ocasiones, es imposible saber qué son: un ostracón (un fragmento cerámico) ¿es basura? Su estado fragmentario puede ser debido al paso del tiempo, o a que fue tirado porque la cerámica se quebró.
En ambos casos, los restos arqueológicos nos remiten a los humanos del pasado; hablan, claramente o no, de usos y creencias, de costumbres y de una manera de relacionarse con otros humanos y con el mundo.
Los descubrimientos arqueológicos tienen una doble historia: hasta que son hallados, y desde que son expuestos. El mayor peligro al que están sometidos, provenga, quizá, desde el momento en que parecen a salvo. Pueden ser objeto de manipulaciones políticas, de ambiciones u odios. Se les puede proteger o arrinconar en reservas, desapareciendo para siempre. Pierden su sentido y adquieren otro muy distinto. Dejan de ser útiles o fetiches, y se convierten en obras de arte.
Y pueden ser el pasto de la codicia, y ser víctimas de enfrentamientos. Su existencia se convierte en un símbolo: se les hace desaparecer, entonces, como medida de presión, o para borrar una memoria. Las guerras suelen ser guerras de banderas.

El Museo Nacional de Iraq, en Bagdad, fue asaltado en abril de 2013. Una multitud hambrienta, azuzada o dirigida quizá por traficantes, entró en las salas y las reservas rompiendo o llevándose todo lo que encontraron a su paso. El ejército invasor, que debía velar por el museo, se quedó con los brazos cruzados, impotentes o desinteresados. Desaparecieron unas quince mil piezas arqueológicas, algunas aun no estudiadas. Se han recuperado la mitad. Otras no se recuperarán nunca, no porque hayan desaparecido fisicamente, sino por los daños sufridos. Las restauraciones, apresuradas o con falta de medios, en algún caso, han acabado por dañar o desfigurarlas.
Algunas de las obras que faltan o que han sido mutiladas eran obras maestras mesopotámicas.

El artista norteamericano, de origen iraquí, Michael Rakowitz, reconstruye miméticamente piezas desaparecidas o dañadas del Museo de Bagdad. Utiliza un material singular: envases desechables de productos económicos y de uso cotidiano que se adquieren en comercios iraquíes hoy: materiales que acaban en basureros. No esconde el material, su textura y su color.
Las estatuas que moldean están hechas con materiales económicos a los que nadie presta atención. están hechos de basura, como basura fueron consideradas las obras expoliadas. Expresan el poco valor, o el valor fluctuante, que concedemos a las trazas del pasado.
Pero, al mismo tiempo, al verter las estatuas en materiales de uso diario, Rakowitz las dota de una insólita vida. De pronto, todo y tratándolas como objetos bastardos, perdidos su "aura", los convierte en objetos cercanos, casi de uso diario, como quizá lo fueran hace cinco mil años. Dejan de ser iconos de valor incalculable, para convertirse en símbolos de la fragilidad humana. Las expresiones, temerosas y anhelantes, de las figuras de los orantes, encarnadas hoy en envoltorios de productos de supermercados, hablan quizá de nuestros querencias, afectos y desafectos. Son obras desechables. No están en vitrinas. Cualquiera puede cogerlas. Y, por tanto, vuelven a ser, de algún modo, humanas.
Dejamos un rasgo de basura precisamente porque rehuimos la condición efímera o mortal de lo que nos envuelve, porque nos tiende un espejo demasiado certero y cruel de lo que somos.
Las estatuas de Rakowitz (que se exponen hoy en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, amén de mostrarse temporalmente entre estatuas de orantes sumerios en el Oriental Institute de Chicago) amén de referirse a la incuria y a la incultura de quienes no supieron o no quisieron defender el legado del pasado, también hablan de lo que somos: seres mortales entre entes que caducan.

De aquí a cinco horas, reunión con este artista para una nueva exposición



Michael Radowitz fue uno de los artistas escogidos por la última Documenta de Kassel (Alemania)

lunes, 21 de abril de 2014

Villa Arpel (1956): Pabellón de Francia, XIV Bienal de Arquitectura, Venecia, (junio-noviembre 2014)























Por fin una Bienal de Arquitectura que no interesará solo a los más aguerridos arquitectos modernos.
El pabellón francés en la próxima Bienal de Venecia de 2014 estará dedicado a la mítica villa Arpel, protagonista de la sátira de Jacques Tati, Mi tío (Mon oncle), de 1956.
La razón es irónica. La 14º Bienal, dirigida por Rem Koolhass, está dedicada a cómo los distintos países fueron limando sus peculiaridades arquitectónicas en favor de un único estilo canónico, moderno, y cómo éste fue recibido e interpretado. La lectura francesa muestra el papel que el cine jugó -y juega- en la difusión y defensa de ciertos modos y formas de vivir, y lo hace en clave paródica. La Villa Arpel es a la vez un sueño y una pesadilla, un encanto y algo grotesco. La modernidad convertida en dogma, casi religioso. Es decir, anti-moderna.

La villa de los Arpel (un decorado construido en un gran hangar, en verdad, proyectado por el pintor ydecorador Jacques Lagrange -1917-1995, habitual co-guionista con Tati de las mejores películas de éste) -una familia entregada en cuerpo y alma a los últimos adelantos, por gusto y convicción, y para deslumbrar al vecindario, más proclive a las casas desastradas-, cumple con todos los requerimientos de la modernidad. Volúmenes geométricos sencillos y contundentes, colores eléctricos, jardín abstracto, muebles incómodos como esculturas, y gadgets por todas partes que se activan cuando no se necesitan y se quedan mudos si se requiere sus servicios.
Aunque la casa sea desalmada, tiene un alma. Está viva. Sus ventanas circulares rondan como ojos abiertos y escudriñadores de noche, cuando los habitantes, como fantasmas, se deslizan junto a los muros imperturbables y blancos.
Sus moradores le rinden culto. Sacrifican a la modernidad. La villa Arpel es una diosa, tan caprichosa, imprevisible e inconsecuente como cualquier divinidad.




domingo, 20 de abril de 2014

DANNY LYON (1942): THE DESTRUCTION OF LOWER MANHATTAN (1969)
































Destrucción tras destrucción. la erección de las Torres Gemelas exigió el arrasamiento previo de un barrio en el sur de Manhattan.
El fotógrafo y activista Danny Lyon, la próxima publicación de un nuevo libro ha devuelto a la actualidad, documentó entre 1967 y 1969 el estado del barrio, en el sur de Manhattan, su degradación -la construcción de las torres y del World Trade Centre conllevó la dejadez y la agonía del barrio condenado a desaparecer- y la vida de los pocos habitantes que se aferraron, en medio de estancias vacías, a sus recuerdos.
Las fotos no revelan a un barrio derrotado, sino su extraña entereza; barrio silencioso, habitado por ánimas y polvo, quieto, dormido para siempre, como el castillo de la Bella Durmiente -con la diferencia que el barrio sabía que no despertaría nunca.