sábado, 25 de octubre de 2014

BEATRIZ FERREYRA (1937): DEMEURES AQUATIQUES (MORADAS ACUÄTICAS, 1967)



Batriz Ferreyra actuará y dirigirá un taller de música electrónica (o electroacústica) el 12 de noviembre en la Sala Ricson, Hangar, calle Emilia Corianty 16, 08001 Barcelona, dentro del festival Zeppelin 2014


Hogar y espacio habitable (Huehueteotl, dios del hogar azteca)




El comparativismo no siempre es efectivo; puede incluso prestar a confusión; pero también es cierto que creencias distintas puedan revelar aspectos de una misma realidad, o expresar una visión del mundo parecida.
Comparar mitos griegos y aztecas no tiene sentido. son culturas que nunca se relacionaron, propias de tiempos y espacios muy distintos. Pero, cada mito puede ser visto como una manera de evocar, en una legua personal, y recurriendo a fórmulas distintas, una realidad parecida.
Hestia o Vesta, la divinidad del hogar en Grecia y en Roma, era una diosa. Se mostraba sentada, en el centro del hogar. Constituía el punto de origen a partir del cual se organizaba el espacio habitable, iluminado por la lumbre sobre la que velaba. El fuego que controlaba y alimentaba brotaba de las entrañas de la tierra. Eran un fuego asociado al mundo de los muertos, al espacio donde moran los antepasados que, desde las profundidades protegen el hogar de los vivos, sus descendientes, opuesto al fuego del sol. Muerte, pero también vida. Hestia se sentaba sobre una protuberancia de la tierra que recordaba un vientre grávido: era el ombligo de la tierra a punto de dar a luz.
Huehueteotl era la divinidad, masculina, del hogar para los aztecas. La vida que aportaba era propia del universo masculino. Pero Huehueteotl se equipara con Xiuhtecuhtli, el dios del fuego que brota de las entrañas de la tierra, el fuego volcánico,  asociado al espacio de los muertos.
Huehueteotl se representaba sentado. Se ubicaba en el centro del espacio doméstico, considerado el ombligo del mundo: el punto que conectaba con el origen de la vida. De hecho, sus santuarios solían ser domésticos, no templarios. Era el origen de la vida: de ahí su aspecto envejecido. Pero también portaba la llama de la vitalidad, que permitía que el espacio se convirtiera en el lugar donde la vida se alumbraba: su aspecto anciano contrastaba con el vigor de los miembros y su aspecto decidido, propio de un guerrero joven.
Hestia se sentaba sobre un trípode o un brasero situado sobre el abultado ombligo de la tierra. Huehueteotl, en cambio, portaba un brasero sobre la testa. Se trataba de un cuenco de donde la vida ascendía. Una cenefa recorría el borde del brasero. Hendiduras verticales recordaban las llamas ascendentes, que alternaban con rombos, que simbolizaban los puntos cardinales, o apuntaban a ellos.
De este modo, Huehueteotl era la divinidad que controlaba tanto el origen cuando los ejes con los que se podía ordenar el espacio. Mientras Hestia necesitaba la presencia complementaria de Hermes, el dios de los caminos y las comunicaciones, Huehueteotl asumía ambas funciones. En tanto que dios del fuego era el dios de la vida, es decir el dios del espacio ordenado, o que ordenaba, ya que la vida no podía prender un un espacio caótico. El fuego echaba luz sobre un espacio desbrozado en el que la vida se asentaba: se instalaba, se centraba -de ahí que pudiera recorrer el espacio pues siempre tenía un punto o un espacio de anclaje, un hogar donde regresar-, y se adentraba en la tierra para pedir la protección de los antepasados.
Con quien Huehueteotl se asociaba era con el dios Tlaloc, el dios de la lluvia que la tormenta aporta. Esta insólita asociación -el fuego del volcán se distingue del de los rayos, por lo que no cabría compararlos- podría interpretarse como la unión de los contrarios, que dibuja el círculo de la vida, o reforzar lo que el fuego aporta: la vida, que acaba fructificando cuando la lluvia cae.  Tlaloc moraba en una cueva, en el corazón de una montaña, donde se almacenaban bienes que el dios atesoraba y protegía antes de libraros a los hombres. La cueva de Tlaloc era similar al hogar de Huehueteotl, si bien su carácter funerario estaba más marcado, lo que no hacía sino insistir en el control que Huehueteotl ejercía sobre el ciclo vital, y sobre el espacio -hogar, matriz, tumba- propio de la vida humana.

viernes, 24 de octubre de 2014

Origen y función del arte





Como explican hoy Luis y Estela (Adán y Eva, el programa cultural de la cadena Cuatro), ya Vitrubio sostuvo que el arte tenía una función social. Gracias al arte, los eres humanos se hicieron humanos. Socializaron. A la lumbre del fuego, encendido, de noche en un claro del bosque, los humanos -u homínidos, aún- se acercaron. Se vieron las caras por vez primera, se descubrieron y empezaron a compartir. Se formó un corro -el primer corro, el primer coro-, y empezaron a hablar. El habla se desató ante el fuego. Intercambiaron conocimientos y experiencias. La primera comunidad quedó establecida. Las llamas y la columna de humo trazar un eje alrededor del cual se ordenó el primer espacio humano: un espacio alumbrado donde los humanos, ya humanos, aprendieron a organizarse. La vida en común -la "polis", esto es, el conjunto de los ciudadanos que se han dado unas leyes de convivencia-, el habla, la música, el teatro y el rito quedaron establecidos. Se intercambiaron manjares cocinados en la lumbre. Pudieron forjar útiles, ornamentos, fetiches y armas. Los temores se esfumaron. pudieron defenderse de sus miedos y de las alimañas. Se instituyó la diferencia entre el hombre y el animal (en cuyo grupo se ubicaron los bárbaros, quienes no sabían expresarse, desconocían las artes del fuego y, por tanto, vivían aislados, como los Cíclopes que Homero describió en la Odisea, incapaces de cohabitar, ni siquiera enfrentados, sino encerrados en sí mismos, sin saber intercambiar bienes e ideas): unos cocinaron, otros siguieron ingiriendo carne cruda; los humanos instituyeron leyes -siquiera para cuidar el fuego, sin el cual no podrían vivir como humanos, y deberían regresar a la condición animal-, que ordenaron hábitos y hábitats: espacios físicos y sociales. El fuego, al mismo tiempo ascendía al cielo. Los humanos levantaron la mirada: el claro que el fuego abría lo permitía. La bóveda era celeste y no estaba cubierta por la espesa copa de los árboles. Y se preguntaron quién moraba en lo alto, quien encend´ñia las estrellas y qué significan el tembloroso brillo de las mismas. ¿Acaso eran señales? Inventaron formas de comunicar con lo alto. Instituyeron ritos y crearon entes -fetiches, ofrendas, amuletos- para alzarse o para defenderse de potencias que se intuía eran superiores a las capacidades y fuerzas humanas. El arte, y la obra de arte (mágica), quedada instituido como un medio de comunicación con lo que no es humano: la noche y la luz. Bien lo sabían los agudos pensadores Luis y Estela. La novela es una forma de arte que se refiera al arte -trata de museos y de da Vincis- que permite, pese a la pereza que da leer -la lectura invita a la pereza, al abandono, al olvido de la vida diaria, de las preocupaciones que impiden la entrega a uno mismo-, establecer contactos, comunicar, comulgar y unirse. El programa Adán y Eva debería de obligada visión en escuelas y universidades.

miércoles, 22 de octubre de 2014

BEN (1969) & ELLEN HARPER: A HOUSE IS A HOME / A CITY OF DREAMS (2014)

RENÉ BURRI (1933-2014): LA SOMBRA DE LA ARQUITECTURA (MOUVEMENTS, 2014)























































.... y una ruina verdadera (yacimiento en Irán)


René Burri apenas ha disfrutado del eco de la muestra antológica que la Maison Européenne de la Photographie, de París acaba de dedicarle, titulada Mouvements (Movimientos), y que incluye imágenes en las que, ante el hieratismo autosuficiente de hitos arquitectónicos del siglo XX, transitan sombras a toda prisa y juegan niños ajenos a lo que tienen a sus espaldas.
Burri falleció ayer.
Amén de retratos de figuras históricas, Burri retrató a arquitectos (Le Corbusier, Barragan, Kahn, etc.) y sus obras. Su mirada se acercaba a la de Tati: una vista irónica sobre los hitos de arquitectos a veces crecidos o engreídos, sin que los ridiculizara. Edificios emblemáticos -que deberían lucir impolutos y blancos-, de Le Corbusier sobre todo, y ciudades de nueva planta, mostrados como ruinas, vacías o envejecidas, manchadas por el musgo y la humedad, o como decorados, ante los cuales, como en fiestas irreales, desfilan o posan visitantes bien vestidos, obviamente ajenos o distantes de lo que a veces contemplan, o a lo que dan la espalda, desnudando a los hitos arquitectónicos del siglo XX, reducidos a figurantes en los que casi nadie se fija -salvo el tiempo que se ensaña. luces de atardecer, y sombras alargadas, ayudan al tono crepuscular que invaden edificios que hubieran tenido que lucir siempre jóvenes.
Burri fue, seguramente, uno de los mejores fotógrafos de arquitectura, revelando, no lo que el arquitecto hubiera querido mostrar, sino lo que el tiempo va dejando, dotando, paradójicamente, a los edificios, de una súbita e inesperada humanidad: su fragilidad pese a la coraza de hormigón.